martes, 13 de noviembre de 2012



Márchate
Deja atrás el cadáver de lo que fue glorioso
Ten cuidado al salir:
no pises la esperanza,
que resbaló hace días
y agoniza a solas en el suelo
Cuando por fin desaparezcas
nada será mejor
lo sé
Provocaste el derrumbe
del castillo de arena
nada más llegar
Ahora ya no quedan cubos
ni manos pequeñitas
inocentes
para horadar el foso
Pero te habrás ido
Mejor rastrojos sin ti
que débiles brotes
bajo tu sombra

jueves, 18 de octubre de 2012


De todas formas, ¿quién que yo conozca lleva una vida rica y hermosa? Ya no puede hacerlo nadie; nadie que tenga que ganarse la vida trabajando, o que viva en una ciudad, o que compre en un supermercado, o que vea la televisión, o lea los periódicos, o conduzca un coche, o coma pizzas congeladas... Una vida aceptable, tal vez, con una buena suerte enorme y un poco de dinero de sobra en el bolsillo.
Cómo ser buenos
Nick Hornby

Nick Hornby es uno de mis autores favoritos. He disfrutado inmensamente cada una de las novelas suyas que leído, reservándome siempre adrede el posible descubrimiento de una obra de la que no hubiera oído hablar, o que estuviera descatalogada, sorprendiéndome con alegría cuando un título desconocido para mí aparecía en la estantería de una librería. Ayuda que sea bastante prolífico y que a mí me guste moverme en el territorio de una cierta ignorancia para favorecer esos pequeños deleites.
Es un autor fácil de leer, eso es innegable, y es cierto que algunas de sus novelas —las menos— son demasiado sencillas, casi como pequeñas obritas adolescentes. Pero todas las obras de Hornby que he leído tienen algo en común, más o menos acentuado, que es lo que hace que leerlas sea una delicia para mí: un fino y muy británico humor negro y mucha, mucha ternura. Su tono es rápido, irónico, divertido; me ha arrancado muchas carcajadas. Siempre, al salir de sus cercanas historias, le queda a uno un agradable sabor de boca, una sonrisa —más o menos amplia, según el caso— en la boca.
Pensando en 31 canciones, creo que Nick Hornby podría compararse con el pop: accesible, en ocasiones demasiado pegadizo, con destellos de brillantez y, muchas veces, la sal de la vida.
Todavía no me he atrevido a leer Fiebre en las gradas —el fútbol no es lo mío—, y ni siquiera he investigado si The Complete Polysyllabic Spree y Speaking with the Angel han sido traducidos, pero he leído el resto de sus libros. Mis favoritos, sin duda, son En picado y Juliet, desnuda. Esta última novela fue un verdadero descubrimiento; me dejó boquiabierta y enganchada, deseando que Juliet, naked existiera realmente para poder escucharlo.
Así que cuando leí Cómo ser buenos, la última de sus novelas que cayó en mis manos, me llevé una pequeña sorpresa. Sigue siendo Nick, está claro, proyectando toda su ironía en la voz de la narradora, pero... cómo explicarlo: cuando pasé la última página del libro, el sabor que degusté fue el de la amargura. Quizá es un problema de expectativas: quería, como mínimo, reírme, pasar un buen rato y reconciliarme con el género humano a pesar de sus barbaridades. Simplemente no me lo esperaba.
Desde luego, esta novela es un ejemplo genial de cómo, al margen del tono, el tema, la forma..., una única frase —la última, claro— puede dar completamente la vuelta a las trescientas páginas anteriores. O quizás solamente la clave para interpretarlas. Y creo que también, en mi caso, es una prueba de cuánto una historia cambia en función del contexto de quien la escucha. ¡Qué importante es el momento, el lugar en el que se encuentre el lector!

viernes, 7 de septiembre de 2012


He vuelto de vacaciones y me he dado de bruces con la realidad. A lo mejor la inmensa tristeza, la decepción, han sido más fuertes por haber huido casi un mes de todo. Pero el caso es que estoy perdiendo la fe, y duele mucho. Tras semanas sin tocar un periódico, sin acceso a Internet, sin ver la televisión, llevo cinco días intensivos de bofetadas en la boca. No sé si aguantaré uno más.
Hay dos cosas que me preocupan especialmente, al margen de la mierda en sí. Una soy yo misma. Por un momento, he perdido la energía que da la rabia, el cabreo ante la injusticia. Sólo siento una infinita pena. Un nudo en el estómago constante que se deshace en llanto ante el televisor. Pero de qué sirve eso. No sé si de verdad alguna vez he creído tan profundamente en la posibilidad real de que el mundo cambie, pero desde luego tengo claro que la realidad no se altera con lágrimas. La ira, en cambio, puede que no sea una manera perfecta, pero sí es una manera. Y qué pasará cuando medio mundo esté cada vez más anestesiado y el otro medio vencido por el dolor, me pregunto. ¿Será cada día que pase más y más fácil todavía despellejarnos el alma? ¿Cuando los obscenamente acostumbrados a la buena «vida» ya no tengamos para comer seremos capaces de rebanar el cuello a quien sea necesario? ¿Habrá que llegar a eso?
Y esa es la otra parte. Es tanto, tanto, y tan insoportable, y tan grande, inabarcable, que paraliza. Tantos frentes en un solo país... No hay sólo un «malo», hay millones, y los verdaderos desgraciados están escondidos, claro, y no tienen cara. Cómo iban a tenerla, si no son humanos. Y en cada débil y desprotegido se esconde otro y otro y otro...
Yo pensaba que la venganza que nunca se nos podría arrebatar es la alegría. He llegado a decirlo con una sonrisa sincera en los labios, y en el fondo sigo creyendo en ello. Pero es tal la culpabilidad. Sólo algunos privilegiados –cada minuto que pasa somos menos y menos– podemos «vengarnos» así, y ni siquiera eso le importa a nadie.
Me siento derrotada, sin mi cabreo, sin mi fe. Y pesimista. Y eso nunca, nunca lo había sentido.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Aunque no te haga justicia,
prometo no volver
a echarme a perder.

Te reprocho tu mirada diferente
cuando yo ya no te veo.
Y entonces llega el cambio,
tras la lucha,
y vislumbro tu brillo
antiguo y querido.
Recuerdo,
y otros ojos se alejan.
Siento
un ancestral calor,
el del hogar.
Miro al centro
de lo que creía perdido
y me deslumbro
con mi propio poder.
Descubro
qué es lo que busco
más allá de ti,
a mí.

jueves, 9 de agosto de 2012

Días vagabundeando entre cuatro paredes,
viendo viejas películas,
escuchando justo la música equivocada,
me han traído hasta aquí.

Años de sueños sin sentido,
fantasías, literatura e ideales,
con tus nítidos ojos persiguiéndome,
me han conducido justo a este preciso momento.

Me voy de viaje
en más de un sentido.

Y justo antes, aquí, escribiendo
intento eludir cualquier claridad.

Nunca, jamás, me he dejado llevar de verdad.
Ni siquiera quiero saber cómo es
por el pánico a que me guste
y eso desbarate todo.

Algún día debería llamar
y decirte que podrías tenerme
sólo por una canción.

O empezar a vivir de una vez,
como me dicen los oráculos.

Algún día debería echar a andar
y ver qué pasa.

Si supiera cómo.

jueves, 12 de julio de 2012

Hoy
la tristeza y la belleza
van de la mano
Es inevitable

viernes, 29 de junio de 2012



Hace un par de días me encontré, sin querer, explicando algo que nunca antes había pensado. Sobre mi forma de vivir y lo que quiero de ella.
Todo surge de mi casa, su forma, su tamaño y el lugar en el que está ubicada.
Desde hace muchos años, en viajes, visitas, paseos por mi ciudad... básicamente en cualquier situación, encuentro lugares, casas, apartamentos, mansiones que envidio. Pienso qué maravilla sería vivir aquí, con este jardín, con estas vistas, al lado del mar, en esta maravillosa ciudad, con esta decoración, tan cerca de todo, con esa enredadera cubriendo las paredes, al borde de este acantilado... en cada ocasión hay un motivo diferente para el deseo, pero algunos se repiten.
Llevo siete años viviendo en un piso normal, de tamaño medio, a cuarenta kilómetros de la sofocante ciudad que me vio crecer, a la que a pesar de todo amo con locura y que me ofrece, en su lejanía, todo lo que le falta a este pueblo que quiere ser ciudad pero sólo ha podido apropiarse de las cosas más molestas de mi urbe.
En ocasiones, contra todo pronóstico, mi hogar adoptivo aún lanza pequeños destellos de autenticidad, como si se resistiera brevemente a perder del todo sus orígenes. Son los aromas ancestrales los que me indican que todavía hay un alma pura sepultada bajo los atascos y los centros comerciales: el olor a humo de chimenea que trae el invierno y me recuerda a los pueblos de verdad, o la mezcla entre el olor a cloro y el perfume que desprenden los setos, que es la pura esencia del verano y trae a la memoria que hace no tanto las vacaciones nos llevaban tan sólo unos kilómetros más al norte.
Siete años llevo echando de menos mi asfalto y mis librerías, la tienda de alpargatas, las ancianas que viajan en autobús, los ralos parquecillos, el color del cielo de agosto durante las noches de obligado insomnio y la complicada conjunción de vivir en un barrio céntrico y turístico cuando odias las multitudes que caminan despacio.
Siete años deseando volver. Y algunos menos madejando a la vez la idea de caminar hacia lo opuesto: un jardín, una huerta, aire limpio, animales y espacio.
Al final va a tener razón mi terapeuta cuando me dice que me manejo siempre entre opuestos.
Pues a pesar de que, por todo lo dicho, parece básicamente que no me gusta dónde vivo y que no tengo claro lo que quiero, resulta que hace un par de días me di cuenta de que tengo bastante claras mis prioridades, de que me gusta bastante dónde vivo y las pequeñas cosas que eso implica.
No quiero engañar a nadie y menos a mí misma: me gustan los lujos, me gusta vivir bien, las comodidades. Pero a la hora de elegir, mis tripas me llevan en una dirección clara.
Hace unos años quisimos acondicionar un poco —que luego fue un mucho— la casa, hacerla un poco más cómoda, y nos encontramos con una especie de oposición sorda. Pero decidimos, sin ninguna duda, ignorarla.
Yo qué sé por qué, pero me gusta no tener ascensor. Sí que sé por qué me gusta que mi vecindario esté formado por un altísimo porcentaje de emigrantes, o que los edificios sean viejos y estén descuidados. Mi parte malvada adora que la minoría de españolitos que reniegan de lo «desprestigiada» que por ello está su urbanización sean eso: minoría. Me gusta ver a los niños jugar entre los rosales en un sitio que no está herméticamente cerrado. Me gusta el ruido y la vida. Me gustan las sonrisas. Me enorgullezco de haber vivido más de un año sin coche en un lugar donde la gente va en coche hasta a hacer ejercicio. Y me gusta además que todo ello implique un gasto menor que el que habría que dedicar a cualquier lugar «más bonito», «más respetable», porque eso deja lugar para la vida en un entorno en el que poseer una casa suele implicar sólo trabajar para pagarla. Me gusta ese curioso término medio económico en el que vivo —debe ser lo que antes de que cada familia tuviera como mínimo dos casas y dos coches se llamaba clase media—, por el que me considero más que privilegiada pero que exige el esfuerzo del trabajo y la determinación de un camino.
Cuando llegaba la época de la lotería de navidad, mi abuelo siempre le decía una cosa a mi abuela que me encantaba; era algo así, un poco reescrito: si sueñas con que te toque la lotería para hacer regalos, ayudar a las personas queridas o cumplir pequeños sueños, nunca te va a tocar y, además, en el fondo no quieres que te toque. También decía que nadie se hace rico dando.
Así que sí, por qué negarlo, envidio esas casas preciosas, deseo que me toque la lotería, disfruto de unas vacaciones de lujo de cuando en cuando, pero al final, en el día a día, a la hora de tomar decisiones sobre mi vida, mi instinto me dice que cuanto más tenga, más temeré perderlo, más atada estaré a ello, más me poseerán mis posesiones. Y, ¡qué demonios!, hay tantos placeres pequeños, tantos lujos de «pobre», tantos lugares bellísimos que no cobran entrada que pienso por qué poseer uno solo, cuando puedo compartirlos todos y ser un poquito más libre.
A veces me sorprende mi propia dureza.
También mi ternura.
Y cuándo surgen.

Ante la contención
que cubre el dolor,
cariño
deseo de consuelo
empatía.

Ante la declarada
necesidad de compasión,
frialdad
distancia
incluso juicio.
La empatía está ahí
pero no llego a ella.

Si no me atrajera tanto la vulnerabilidad en los demás,
podría entender mis inversiones emocionales.

lunes, 11 de junio de 2012




En la adolescencia, me enamoraba de cualquiera. No de todo el que me dijera qué lindos ojos tienes, de cualquiera literalmente. Pasaba de un amor imposible a otro, de un enamoramiento no correspondido al siguiente. Supongo que Freud lo habría visto claro: me enamoraba de mi padre una y otra vez. Pero por aquel entonces yo no conocía a Freud. Sólo sentía que no gustaba a nadie, y rezaba por ser atractiva, por gustar, por que se enamoraran de mí. Quien fuera. No ayudaba mucho que sacara una cabeza, como mínimo, a todos mis compañeros de clase y que mi cuerpo me resultara completamente ajeno e inmanejable. Todavía hay momentos en que lo siento así de nuevo. Es una sensación horrible.
Mis diarios de aquella época están plagados de declaraciones de amor eterno, en forma de poemas. Sería gracioso si no recordara lo que me dolía. Yo vivía esos amores muy profundamente, con mucho sufrimiento. Y me refugiaba en los libros y en mis fantasías, lugares donde encontraba ese amor que no hallaba en el mundo real, un mundo en el que yo prácticamente era un chico más entre mis amigos. Lo curioso es que eso a veces me gustaba. Estaba hecha un lío.
Entonces empezó a fraguarse, o quizás a afirmarse, mi poderosa razón, mi mente, que siempre me ha ayudado a filtrar, soportar y transformar la realidad y, en muchas ocasiones, a esconder e ignorar mis sentimientos.
Y se fue creando en mí un arquetipo de deseo: el chico inaccesible, imposible.
Nunca me han gustado los arquetipos, las generalizaciones, los modelos. De hecho, he intentado negarlos, luchar contra su existencia. Pero con el tiempo he tenido que reconocer que existen, como ideas del inconsciente colectivo, y gozan de una salud envidiable. Hasta he comprobado que muy a menudo los humanos intentamos responder a esos arquetipos, convertirnos en ellos, normalmente buscando ser amados.
Al final, creo que eso es lo que mueve el mundo: no el amor, sino nosotros buscándolo. El ser humano buscando aprobación, cariño, ser amado. Por lo menos nuestro mundo, el mundo mimado y abundante, hasta cuando se cae a pedazos.
Siguiendo conmigo: afortunadamente —por mi salud mental—, rayando la juventud, empecé a sentir el deseo de los demás, que no el amor. Algunas veces, no siempre de quien yo quería. Porque mi afán de alcanzar lo imposible seguía funcionando a la perfección. Ocurría de la manera más mundana y convencional posible: normalmente me aburrían soberanamente los chicos a quienes yo gustaba y me parecían fascinantes los que ni siquiera se fijaban en mi existencia. Seguía, en secreto, enamorándome de imposibles —y escribiendo poemas—, aunque de cara a los demás tuviera relaciones más o menos "normales". Como es lógico, nunca acababan muy bien. Más bien acababan y punto.
Y luego tuve muchísima suerte. Encontré el amor. Fue muy pronto, ocurrió de manera inadvertida e inesperada y me enseñó mucho. Por ejemplo, que el amor que yo buscaba, para existir, debe ser correspondido. Que lo otro era ceguera, y cobardía. Como mucho, deseo. Que los arquetipos se quedan a un lado cuando se produce un encuentro, una conexión. Que lo accesible puede ser maravilloso. Que, a lo mejor, yo soy digna de ser amada.
En las películas, aquí acaba todo. También en muchas novelas. Lo encontré. Por casualidad. Qué afortunada. Fin.
Pero claro, la realidad es otra. En la ficción no se aprende del día a día, de la rutina, del desgaste, de lo duro y difícil que es alimentar al amor, que es un dios caprichoso y exigente. No quiero ser ingrata, la ficción tampoco habla de las pequeñas delicias del amor cotidiano, de los momentos brillantes del amor a largo plazo. Muchos años después, yo sigo infinitamente agradecida. Pero aquella adolescente que deseaba lo inaccesible sigue formando parte de mí. Soy humana y, como tal, sigo queriendo lo que no puedo tener. Los hombres peligrosos, misteriosos, lejanos. Las mujeres seguras, enigmáticas, sensuales y bellas. Todo lo que yo no soy.

miércoles, 4 de abril de 2012

Para Paola
Última noción de Laura
Mario Benedetti

Usted martín santomé no sabe
cómo querría tener yo ahora
todo el tiempo del mundo para quererlo
pero no voy a convocarlo junto a mí
ya que aun en el caso de que no estuviera
todavía muriéndome
entonces moriría
sólo de aproximarme a su tristeza.

Usted martín santomé no sabe
cuánto he luchado por seguir viviendo
cómo he querido vivir para vivirlo
porque me estoy muriendo santomé

Usted claro no sabe
ya que nunca lo he dicho
ni siquiera
en esas noches en que usted me descubre
con sus manos incrédulas y libres
usted no sabe cómo yo valoro
su sencillo coraje de quererme.

Usted martín santomé no sabe
y sé que no lo sabe
porque he visto sus ojos
despejando
la incógnita del miedo

no sabe que no es viejo
que no podría serlo
en todo caso allá usted con sus años
yo estoy segura de quererlo así.

Usted martín santomé no sabe
qué bien, que lindo dice
avellaneda
de algún modo ha inventado
mi nombre con su amor.

Usted es la respuesta que yo esperaba
a una pregunta que nunca he formulado
usted es mi hombre
y yo la que abandono
usted es mi hombre
y yo la que flaqueo.

Usted Martín Santomé no sabe
al menos no lo sabe en esta espera
qué triste es ver cerrarse la alegría
sin previo aviso
de un brutal portazo.

Es raro
pero siento
que me voy alejando
de usted y de mí
que estábamos tan cerca
de mí y de usted.

Quizá porque vivir es eso
es estar cerca
y yo me estoy muriendo
santomé
no sabe usted
qué oscura
qué lejos
qué callada
usted
martín
martín cómo era
los nombres se me caen
yo misma me estoy cayendo.

Usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin
su
vi
da.

Éste es uno de mis poemas favoritos. Lo he idealizado, llorado, leído y releído mil veces.

Creo que el amor sólo es posible porque existe la muerte. Al menos eso le agradezco a la parca, la infinita capacidad humana de amar.

No creo que haya más vida que ésta. Ni que mi falta de fe haga que la muerte sea más dura para mí. Igual es al contrario.

Morir no puede ser un cambio a mejor, así lo veo yo. La vida es demasiado buena. Pero tampoco a peor. Es parar. Dejar de existir. La nada. Si no se existe, no se sufre, si se ríe, ni se llora, ni se goza. Simplemente no se es. Y el ser es la esencia de nuestra existencia.

La muerte no es justa, o injusta, no creo que tenga ninguna motivación, que responda a ningún destino, simplemente es el final. Cuando uno muere, acaba. No habrá secuelas.

Para mí, lo verdaderamente duro, desgarrador, de la muerte es el amor. Quien muere amaba, y era amado, y las personas que deja tras de sí son quienes experimentan realmente la muerte y su devastación. Cuando alguien a quien quieres muere, su vacío, el hueco que deja en tu vida, en tu corazón, nunca va a ser llenado. Nunca se reemplaza a esa persona, porque todos somos únicos para quien nos ama.

El dolor es para los vivos. Ésa es la parte de la muerte que me aterra.

Quien muere habiendo vivido -no cantidad, calidad-, cierra un círculo completo. Y ya está. Pero los que quedamos, además de soportar su ausencia, sabemos que llegará nuestro momento, y que rendiremos cuentas ante el mayor juicio que conozco, el propio, de ese tiempo que hemos vivido "de más", de si lo hemos vivido.

viernes, 23 de marzo de 2012

La vejez me perturba y me emociona de una manera que nunca conseguirá la muerte.

viernes, 9 de marzo de 2012

Siento caballos salvajes
galopando en una canción

lunes, 5 de marzo de 2012

Aviso: La entrada que viene a continuación forma parte de una iniciativa personal que consiste en llevar a cabo actos que normalmente no haría, por miedo, indecisión o pudor. En el contexto de este blog serían cosas como repetirme, ser demasiado personal (sí, más todavía), resultar deprimente o aburrida, escribir algo demasiado largo o que creo que no le interesará leer a nadie... El resultado es similar a la transcripción de algunas páginas de cualquier diario; en este caso, el mío.

Llevo semanas necesitando escribir, con ideas bailando en mi cabeza sin orden ni concierto. Pero parece que no me lo permito si no llega "el momento".
A ver cómo consigo entrelazar todo lo que bulle en mis tripas.
El universo está muy comunicativo conmigo últimamente. Lo ha intentado todo para que me dé cuenta de que quiere decirme algo: desde el clima, pasando por mi propio cuerpo y mis emociones, hasta las redes sociales e internet en general.
A ver, lluvia de ideas, para que no se me vayan: parálisis, miedo, cobardía, indecisión, actividad, futuro, presente, feminidad, esencia, amor, envidia, infravaloración, juicio, capacidades, instinto, pequeñas decisiones, creatividad, sueños.
Todo está conectado, de tal manera que la angustia que me produce el futuro -y, sobre todo, no encontrarme a mí misma en mi propia vida- se ve atenuada por pequeñas y simples decisiones como apuntarme a pilates o hacerme un tatuaje.
Tiene sentido. Trabajo en casa. Un apretón de trabajo puede significar para mí no salir de casa en varios días, ni siquiera a que me dé el aire. Además, por mi manera de ser, que tiende hacia la permanencia y la reproducción rutinaria de costumbres, esa situación suele desembocar en la evitación del movimiento; aunque todo mi ser clame por moverse, me quedo quieta.
De ahí que algo tan sencillo como apuntarme a una clase que implique movimiento físico dos veces a la semana sea un paso importante para mí.
Lo del tatuaje es harina de otro costal. Ha sido un deseo insatisfecho desde mis 16 años, prohibido por mi madre hasta que me independicé y retrasado por mí hasta hoy.
Es una constante para mí, un vicio, eso de posponer la realización de mis deseos (cuando sé cuáles son, normalmente no suelo tener ni idea).
Creo que nada de esto (ser sedentaria, miedosa, tranquila, "convencional", vaga...) tendría por qué ser un problema si ser así me hiciera feliz, pero sí es un problema. Por un doble motivo: todo ello me hace profundamente infeliz, me produce sentimientos de frustración e insatisfacción y hace que me juzgue muy duramente. Además, me hace preguntarme si yo soy así realmente. No puede ser, no quiero ser así y -me digo- si mi esencia fuera ésta, ¿por qué lo que me hace feliz está generalmente en el espectro opuesto de la realidad? Cuando salgo a la calle, casi invariablemente, miro al cielo y sonrío. Cuando tomo decisiones y las llevo a cabo, me siento orgullosa. Entonces, ¿cómo soy?, ¿quién soy?
Ahí está el centro de todo mi remolino: no me conozco, no sé quién soy y, cuando me defino, lo hago a través de la mirada ajena o en negativo: veo lo que no me gusta de mí, no me acepto.
Una canción del último disco de Extremoduro me tiene loca, "Si te vas". ¿Por qué? Me gustaría que hubiese sido compuesta para mí, desearía ser esa mujer.
"Se le nota en la voz, por dentro es de colores", ¡qué verso! Ojalá alguien viese eso en mí [Ojalá yo viese eso en mí] y además lo escribiera. Pero la persona más importante en toda esta cuestión (yo) no cree que eso sea posible. En mi imaginario yo no soy de colores, soy gris: el color más uniforme y aburrido y menos "colorido". Así me siento. Seguramente, si alguien se atreviera a conocerme y ver algo en mí que yo no encuentro, o no acepto, eso sólo supondría un breve empujón a mi ego (sabroso, eso seguro, pero transitorio). ¿Por qué? Mientras yo no comience a conocerme, sin juzgar, y acepte las luces y sombras de lo que soy, el mundo entero podría estar rendido ante mí y yo seguiría creyendo no merecer ni el menor de los afectos.
(Continuará)

sábado, 21 de enero de 2012

Acabo de pegarme una llorera de las buenas.
Con el final de un libro.
Y estoy bien, tranquila.

Casi siempre, llorar sana.
Es como si el dolor se escurriera con las lágrimas
y dejara espacio libre dentro.
A veces también pasa al comprender algo,
con la aceptación
o cuando se deja de intentar mirar y por fin se ve.

El dolor no es tan malo.
Es natural.
Hay motivos, reales, duros,
y el dolor sería como el proceso de una enfermedad,
inevitable para la curación.
El verdadero problema es el sufrimiento.
Regodearse en el dolor
hasta que deja de tener sentido,
pero lo ocupa todo.

A mi alrededor,
personas a las que quiero de verdad
están inmersas en el dolor,
con motivos reales para ello.
Una parte de mi corazón se duele con ellas,
aunque no sirva de nada.
Es solo un dolor de acompañamiento
y, en ocasiones, la rabia que da la impotencia.

Mientras tanto,
la vida sigue
y en mi insignificante parcela de ella
aprendo, muy poco a poco,
a desear,
a querer,
a pedir.

Quiero música,
quiero color,
quiero alegría.