viernes, 29 de junio de 2012



Hace un par de días me encontré, sin querer, explicando algo que nunca antes había pensado. Sobre mi forma de vivir y lo que quiero de ella.
Todo surge de mi casa, su forma, su tamaño y el lugar en el que está ubicada.
Desde hace muchos años, en viajes, visitas, paseos por mi ciudad... básicamente en cualquier situación, encuentro lugares, casas, apartamentos, mansiones que envidio. Pienso qué maravilla sería vivir aquí, con este jardín, con estas vistas, al lado del mar, en esta maravillosa ciudad, con esta decoración, tan cerca de todo, con esa enredadera cubriendo las paredes, al borde de este acantilado... en cada ocasión hay un motivo diferente para el deseo, pero algunos se repiten.
Llevo siete años viviendo en un piso normal, de tamaño medio, a cuarenta kilómetros de la sofocante ciudad que me vio crecer, a la que a pesar de todo amo con locura y que me ofrece, en su lejanía, todo lo que le falta a este pueblo que quiere ser ciudad pero sólo ha podido apropiarse de las cosas más molestas de mi urbe.
En ocasiones, contra todo pronóstico, mi hogar adoptivo aún lanza pequeños destellos de autenticidad, como si se resistiera brevemente a perder del todo sus orígenes. Son los aromas ancestrales los que me indican que todavía hay un alma pura sepultada bajo los atascos y los centros comerciales: el olor a humo de chimenea que trae el invierno y me recuerda a los pueblos de verdad, o la mezcla entre el olor a cloro y el perfume que desprenden los setos, que es la pura esencia del verano y trae a la memoria que hace no tanto las vacaciones nos llevaban tan sólo unos kilómetros más al norte.
Siete años llevo echando de menos mi asfalto y mis librerías, la tienda de alpargatas, las ancianas que viajan en autobús, los ralos parquecillos, el color del cielo de agosto durante las noches de obligado insomnio y la complicada conjunción de vivir en un barrio céntrico y turístico cuando odias las multitudes que caminan despacio.
Siete años deseando volver. Y algunos menos madejando a la vez la idea de caminar hacia lo opuesto: un jardín, una huerta, aire limpio, animales y espacio.
Al final va a tener razón mi terapeuta cuando me dice que me manejo siempre entre opuestos.
Pues a pesar de que, por todo lo dicho, parece básicamente que no me gusta dónde vivo y que no tengo claro lo que quiero, resulta que hace un par de días me di cuenta de que tengo bastante claras mis prioridades, de que me gusta bastante dónde vivo y las pequeñas cosas que eso implica.
No quiero engañar a nadie y menos a mí misma: me gustan los lujos, me gusta vivir bien, las comodidades. Pero a la hora de elegir, mis tripas me llevan en una dirección clara.
Hace unos años quisimos acondicionar un poco —que luego fue un mucho— la casa, hacerla un poco más cómoda, y nos encontramos con una especie de oposición sorda. Pero decidimos, sin ninguna duda, ignorarla.
Yo qué sé por qué, pero me gusta no tener ascensor. Sí que sé por qué me gusta que mi vecindario esté formado por un altísimo porcentaje de emigrantes, o que los edificios sean viejos y estén descuidados. Mi parte malvada adora que la minoría de españolitos que reniegan de lo «desprestigiada» que por ello está su urbanización sean eso: minoría. Me gusta ver a los niños jugar entre los rosales en un sitio que no está herméticamente cerrado. Me gusta el ruido y la vida. Me gustan las sonrisas. Me enorgullezco de haber vivido más de un año sin coche en un lugar donde la gente va en coche hasta a hacer ejercicio. Y me gusta además que todo ello implique un gasto menor que el que habría que dedicar a cualquier lugar «más bonito», «más respetable», porque eso deja lugar para la vida en un entorno en el que poseer una casa suele implicar sólo trabajar para pagarla. Me gusta ese curioso término medio económico en el que vivo —debe ser lo que antes de que cada familia tuviera como mínimo dos casas y dos coches se llamaba clase media—, por el que me considero más que privilegiada pero que exige el esfuerzo del trabajo y la determinación de un camino.
Cuando llegaba la época de la lotería de navidad, mi abuelo siempre le decía una cosa a mi abuela que me encantaba; era algo así, un poco reescrito: si sueñas con que te toque la lotería para hacer regalos, ayudar a las personas queridas o cumplir pequeños sueños, nunca te va a tocar y, además, en el fondo no quieres que te toque. También decía que nadie se hace rico dando.
Así que sí, por qué negarlo, envidio esas casas preciosas, deseo que me toque la lotería, disfruto de unas vacaciones de lujo de cuando en cuando, pero al final, en el día a día, a la hora de tomar decisiones sobre mi vida, mi instinto me dice que cuanto más tenga, más temeré perderlo, más atada estaré a ello, más me poseerán mis posesiones. Y, ¡qué demonios!, hay tantos placeres pequeños, tantos lujos de «pobre», tantos lugares bellísimos que no cobran entrada que pienso por qué poseer uno solo, cuando puedo compartirlos todos y ser un poquito más libre.
A veces me sorprende mi propia dureza.
También mi ternura.
Y cuándo surgen.

Ante la contención
que cubre el dolor,
cariño
deseo de consuelo
empatía.

Ante la declarada
necesidad de compasión,
frialdad
distancia
incluso juicio.
La empatía está ahí
pero no llego a ella.

Si no me atrajera tanto la vulnerabilidad en los demás,
podría entender mis inversiones emocionales.

lunes, 11 de junio de 2012




En la adolescencia, me enamoraba de cualquiera. No de todo el que me dijera qué lindos ojos tienes, de cualquiera literalmente. Pasaba de un amor imposible a otro, de un enamoramiento no correspondido al siguiente. Supongo que Freud lo habría visto claro: me enamoraba de mi padre una y otra vez. Pero por aquel entonces yo no conocía a Freud. Sólo sentía que no gustaba a nadie, y rezaba por ser atractiva, por gustar, por que se enamoraran de mí. Quien fuera. No ayudaba mucho que sacara una cabeza, como mínimo, a todos mis compañeros de clase y que mi cuerpo me resultara completamente ajeno e inmanejable. Todavía hay momentos en que lo siento así de nuevo. Es una sensación horrible.
Mis diarios de aquella época están plagados de declaraciones de amor eterno, en forma de poemas. Sería gracioso si no recordara lo que me dolía. Yo vivía esos amores muy profundamente, con mucho sufrimiento. Y me refugiaba en los libros y en mis fantasías, lugares donde encontraba ese amor que no hallaba en el mundo real, un mundo en el que yo prácticamente era un chico más entre mis amigos. Lo curioso es que eso a veces me gustaba. Estaba hecha un lío.
Entonces empezó a fraguarse, o quizás a afirmarse, mi poderosa razón, mi mente, que siempre me ha ayudado a filtrar, soportar y transformar la realidad y, en muchas ocasiones, a esconder e ignorar mis sentimientos.
Y se fue creando en mí un arquetipo de deseo: el chico inaccesible, imposible.
Nunca me han gustado los arquetipos, las generalizaciones, los modelos. De hecho, he intentado negarlos, luchar contra su existencia. Pero con el tiempo he tenido que reconocer que existen, como ideas del inconsciente colectivo, y gozan de una salud envidiable. Hasta he comprobado que muy a menudo los humanos intentamos responder a esos arquetipos, convertirnos en ellos, normalmente buscando ser amados.
Al final, creo que eso es lo que mueve el mundo: no el amor, sino nosotros buscándolo. El ser humano buscando aprobación, cariño, ser amado. Por lo menos nuestro mundo, el mundo mimado y abundante, hasta cuando se cae a pedazos.
Siguiendo conmigo: afortunadamente —por mi salud mental—, rayando la juventud, empecé a sentir el deseo de los demás, que no el amor. Algunas veces, no siempre de quien yo quería. Porque mi afán de alcanzar lo imposible seguía funcionando a la perfección. Ocurría de la manera más mundana y convencional posible: normalmente me aburrían soberanamente los chicos a quienes yo gustaba y me parecían fascinantes los que ni siquiera se fijaban en mi existencia. Seguía, en secreto, enamorándome de imposibles —y escribiendo poemas—, aunque de cara a los demás tuviera relaciones más o menos "normales". Como es lógico, nunca acababan muy bien. Más bien acababan y punto.
Y luego tuve muchísima suerte. Encontré el amor. Fue muy pronto, ocurrió de manera inadvertida e inesperada y me enseñó mucho. Por ejemplo, que el amor que yo buscaba, para existir, debe ser correspondido. Que lo otro era ceguera, y cobardía. Como mucho, deseo. Que los arquetipos se quedan a un lado cuando se produce un encuentro, una conexión. Que lo accesible puede ser maravilloso. Que, a lo mejor, yo soy digna de ser amada.
En las películas, aquí acaba todo. También en muchas novelas. Lo encontré. Por casualidad. Qué afortunada. Fin.
Pero claro, la realidad es otra. En la ficción no se aprende del día a día, de la rutina, del desgaste, de lo duro y difícil que es alimentar al amor, que es un dios caprichoso y exigente. No quiero ser ingrata, la ficción tampoco habla de las pequeñas delicias del amor cotidiano, de los momentos brillantes del amor a largo plazo. Muchos años después, yo sigo infinitamente agradecida. Pero aquella adolescente que deseaba lo inaccesible sigue formando parte de mí. Soy humana y, como tal, sigo queriendo lo que no puedo tener. Los hombres peligrosos, misteriosos, lejanos. Las mujeres seguras, enigmáticas, sensuales y bellas. Todo lo que yo no soy.