viernes, 8 de junio de 2018


Un hormigueo en el meñique
desata la sospecha
Un encuentro fugaz
reinicia la evasión
Una conversación inventada
da carpetazo al dolor

Reconoce los hechos, con eso basta

Me intoxico para deshacerme
Me acaricio para despertar
Me ciego para ver la luz

Pero las piezas no encajan
Es imposible
si todas son esquinas


martes, 29 de mayo de 2018


Pienso en un anciano pescador
luchando furioso contra el oleaje
Lo veo como en un cuadro
una imagen antigua
Estoy escuchando una canción
que me llena, me infla
Y sonrío
Bailo sola
con los ojos cerrados
Contenta
Y creo que quizás más tarde
podré tumbarme a leer un rato
Contemplo el cielo nublado
No tengo prisa por ver salir el sol
Saldrá, seguro

Hay días así
sencillos, satisfechos


jueves, 5 de abril de 2018


Cuando el corazón se desboca
solo busco desaparecer en el vacío
desvanecerme, olvidar
Nadie vendrá a lamerme las heridas
ni yo lo permitiría

Cuando mi orgullo está herido
sería capaz de poder con cualquiera
aunque me sienta tan tan pequeña
Qué poco me gusta mi vanidad
aunque detesto mi debilidad aún más

Cuando apareces en mi vida
hasta yo misma escapo a mi control
me desmenuzo, me pierdo
Pero luego no estás, nunca estás
                        No existes, te vas
y en la boca me dejas sabor a derrota


martes, 3 de abril de 2018


Se olvida una de las cosas
Se escurren entre los dedos las mariposas de luz
Devienen extraños eventos,
rosas se deshojan,
miedos aparecen,
rozan la superficie de las hojas
propias
Y una no sabe si emprender el camino indicado
Si está cimentado con verdades antiguas
o solo con arteros ingenios,
con verbenas de temor
y humildes ripios


jueves, 15 de marzo de 2018


A lo mejor no eres tú quien ha cambiado
Quizás no hay dos versiones de ti
sino dos miradas:
la de la niña y la de la adulta,
la dormida y la despierta
No debí idealizarte
como no debo ahora denigrarte
No
Yo, que veo lo invisible,
que siento lo ausente,
he de intentar ser objetiva
o al menos teñir mi perspectiva de cariño
Ser compasiva
conmigo
contigo

viernes, 2 de marzo de 2018


Me llaman el cielo y la tierra
a filas
No saben
mi herencia
de cinismo e inocencia
en imposible simbiosis

Una voz:
«Gemirás de placer»

Una orden:
«Trabajarás la tierra»

Conectadas, inexplicablemente

Y yo, ambivalente, zigzagueo
Escurridiza,
me escaqueo y desobedezco

¡Ay de mí!
Olvidé que no sé nadar
Aunque pronto aprenderé
cómo el barro se disuelve en el agua


jueves, 8 de febrero de 2018

He comenzado a reflexionar acerca del programa Salvados del último domingo y sobre la polémica que ha generado, y me he puesto a escribir algunas reflexiones que quería compartir. La cosa se me ha ido de las manos, pero sigo queriendo compartirlo.
En primer lugar, creo que Salvados es útil al iluminar con el foco público temas necesarios. Pero este programa, quizás más que otros, resalta un aspecto del estado actual de nuestra sociedad que me preocupa: sería, simplificándolo, que solo se habla de lo que sale en la tele. Hasta cuando se trata de reivindicaciones, de derechos, de lucha, de vergüenza, parece que seguimos el guion establecido por otros, que nos indignamos por (o debatimos de) lo que toca esa semana. Y después ―la actualidad manda―, a otra cosa mariposa. Seguimos modas, también en la información y el pensamiento. Modas que en algunos casos no tienen un propósito escondido, pero que en otros muchos sí buscan desviar nuestra atención, entretenernos, para que no miremos hacia donde no debemos (si no, pensad en «el tema de Cataluña»).
Por supuesto, hablo de «nosotros» como colectivo, generalizo. Afortunadamente, hay muchas personas que son capaces de mantener la atención, el espíritu crítico y la lucha durante mucho, mucho tiempo. Si no fuera así, qué sería de nosotros.
En segundo lugar, considero que vivimos una época que tiende al fanatismo, a la confrontación, al «estás conmigo o estás contra mí». Parece que todo el mundo tiene certezas, seguridades. Y la verdad es que echo de menos los matices, las dudas que acompañan a cualquier pensamiento razonado, pausado. Es el tiempo de la opinión rápida y unívoca. Y en línea con esto, parece que las «causas» son excluyentes y que jamás se intenta interrelacionar, conectar, analizar, unir y averiguar las raíces de los problemas.
¿Por qué escribo esto? Porque el programa «Stranger pigs» planteaba más de un tema ―o daba pie a plantearlo―, pero se ve que solo somos capaces de hablar de una cosa a la vez, que tenemos visión de túnel. ¿Qué pasa con las condiciones laborales de los trabajadores de la industria cárnica (o de todos los trabajadores, si nos ponemos)? ¿Qué pasa con la verdadera raíz del maltrato animal en este ámbito? ¿Qué pasa con las repercusiones sanitarias o ecológicas del modelo de producción de esta industria? ¿Qué pasa con nuestros hábitos de consumo y de alimentación? ¿Están relacionados con nuestro nivel socioeconómico, con nuestra educación, con nuestra clase social, con nuestros ingresos (y todos estos aspectos entre sí)? ¿Están relacionados con las posibilidades que se nos ofrecen? ¿Qué pasa, en definitiva, con nuestro sistema económico y social, así, en general? ¿Es adecuado, es sostenible, es racional, es humano?
Y podría seguir preguntando.
Vamos al tema con un ejemplo que permite ver lo conectadísimo que está todo, a mi entender. Si damos por cierto el planteamiento de que la industria cárnica funciona de manera cruel, poco ética e insostenible; si admitimos que el consumo de carne y sus derivados es insalubre en su desmesura, ¿qué podríamos hacer como ciudadanos al respecto? Una opción individual sería consumir productos fabricados de otra manera: ecológicos, bio, de producción local... Otra sería hacernos vegetarianos. Cambiar radicalmente nuestros hábitos de consumo y de alimentación. Hay más, pero todas entran en colisión con la realidad de la mayor parte de las personas, por varios motivos. El principal porque este tipo de decisiones solo son posibles para una pequeña parte de la población: entra en juego el poder adquisitivo. Y lo que aquí ocurre es lo de siempre, que se deja fuera, se abandona, al grueso de la población, ya que no solo estamos hablando de ética, de ideología, sino también de salud.
Ale, pues sigamos la moda actual y fabriquemos todo bio, así bajarán los precios de este tipo de productos, ¿no? Y así serán asequibles para todo el mundo. Vamos a ver, una producción masiva ecológica es imposible: si es masiva, no puede ser ecológica, punto*. Pero además, ¿cómo que bajen los precios? A lo mejor lo que debe suceder es que suban los salarios, no sé. A lo mejor el quid está en sueldos dignos, pero dignos de verdad. Porque lo mismo un producto que se fabrica de manera ética y responsable (es decir, en cuya producción se trata justamente a todos los implicados ―aquí podríamos incluir a los animales― y que respeta el entorno) no puede ser barato, ¿no? Pero, sin perder esto de vista, lo que es imperativo es que una familia proletaria** cualquiera pueda permitirse comer, ¿no?
¿Por qué esos precios tan baratos en determinadas comidas «basura»? ¿Por qué la publicidad constante de productos nocivos, no solo en el ámbito alimentario? ¿Por qué tanto, tantísimo, circo? ¿Por qué tal cantidad de «necesidades» que no son necesarias? Y voy más allá: ¿por qué tanta tristeza, tanto cabreo y tan poca acción?
Así que las cosas no son sencillas, no todo es blanco o negro, y todo está relacionado. Y todo conduce en último término a este sistema nuestro que se supone que es la panacea, la única posibilidad factible, lo inevitable, pero que nos está deshidratando el corazón.
Somos una sociedad sobreinformada, sobrenecesitada y deshumanizada. Una sociedad que permite torturas ―también animales―, que carece de empatía, que mira hacia otro lado ante las mayores atrocidades pero que se regodea en el espectáculo que muestra los detalles de la barbarie. Dejamos morir de frío o ahogados a millones de personas que huyen de la destrucción. Nos angustia la miseria cercana únicamente por la posibilidad de sufrirla nosotros. Y en épocas de bonanza, sufrimos amnesia, ceguera voluntaria, porque hemos comprado a este sistema nuestro la idea de que estamos solos, de que somos ante todo individuos y que nuestra individualidad es el bien supremo, lo que más debemos cultivar.
Es alarmante, vergonzoso. ¿Estamos rotos? Y aun así, no sé muy bien por qué, yo tengo fe. Esto no puede ser la única opción, tiene que haber otras. No tengo ni idea de cuáles, y ya lo siento. Pero sí creo que darnos cuenta de los hilos que nos mueven, abandonar el camino de pensamiento establecido y comenzar a convivir como si estuviéramos entre iguales, como si no estuviéramos solos, puede ser una manera de empezar a construir algo diferente, algo humano.


* Actualización: resulta que sí se podría hacer algo así. Al día siguiente de publicar esto, por casualidad, llegó a mis ojos este estudio: https://www.nature.com/articles/s41467-017-01410-w. ¡Bien!
** Proletariado: clase social formada por los trabajadores que no poseen medios de producción y que obtienen su salario de la venta del propio trabajo.