jueves, 18 de octubre de 2012


De todas formas, ¿quién que yo conozca lleva una vida rica y hermosa? Ya no puede hacerlo nadie; nadie que tenga que ganarse la vida trabajando, o que viva en una ciudad, o que compre en un supermercado, o que vea la televisión, o lea los periódicos, o conduzca un coche, o coma pizzas congeladas... Una vida aceptable, tal vez, con una buena suerte enorme y un poco de dinero de sobra en el bolsillo.
Cómo ser buenos
Nick Hornby

Nick Hornby es uno de mis autores favoritos. He disfrutado inmensamente cada una de las novelas suyas que leído, reservándome siempre adrede el posible descubrimiento de una obra de la que no hubiera oído hablar, o que estuviera descatalogada, sorprendiéndome con alegría cuando un título desconocido para mí aparecía en la estantería de una librería. Ayuda que sea bastante prolífico y que a mí me guste moverme en el territorio de una cierta ignorancia para favorecer esos pequeños deleites.
Es un autor fácil de leer, eso es innegable, y es cierto que algunas de sus novelas —las menos— son demasiado sencillas, casi como pequeñas obritas adolescentes. Pero todas las obras de Hornby que he leído tienen algo en común, más o menos acentuado, que es lo que hace que leerlas sea una delicia para mí: un fino y muy británico humor negro y mucha, mucha ternura. Su tono es rápido, irónico, divertido; me ha arrancado muchas carcajadas. Siempre, al salir de sus cercanas historias, le queda a uno un agradable sabor de boca, una sonrisa —más o menos amplia, según el caso— en la boca.
Pensando en 31 canciones, creo que Nick Hornby podría compararse con el pop: accesible, en ocasiones demasiado pegadizo, con destellos de brillantez y, muchas veces, la sal de la vida.
Todavía no me he atrevido a leer Fiebre en las gradas —el fútbol no es lo mío—, y ni siquiera he investigado si The Complete Polysyllabic Spree y Speaking with the Angel han sido traducidos, pero he leído el resto de sus libros. Mis favoritos, sin duda, son En picado y Juliet, desnuda. Esta última novela fue un verdadero descubrimiento; me dejó boquiabierta y enganchada, deseando que Juliet, naked existiera realmente para poder escucharlo.
Así que cuando leí Cómo ser buenos, la última de sus novelas que cayó en mis manos, me llevé una pequeña sorpresa. Sigue siendo Nick, está claro, proyectando toda su ironía en la voz de la narradora, pero... cómo explicarlo: cuando pasé la última página del libro, el sabor que degusté fue el de la amargura. Quizá es un problema de expectativas: quería, como mínimo, reírme, pasar un buen rato y reconciliarme con el género humano a pesar de sus barbaridades. Simplemente no me lo esperaba.
Desde luego, esta novela es un ejemplo genial de cómo, al margen del tono, el tema, la forma..., una única frase —la última, claro— puede dar completamente la vuelta a las trescientas páginas anteriores. O quizás solamente la clave para interpretarlas. Y creo que también, en mi caso, es una prueba de cuánto una historia cambia en función del contexto de quien la escucha. ¡Qué importante es el momento, el lugar en el que se encuentre el lector!